14. jul., 2016

Critica

Pier Ullman vive en París a salto de mata, combinando pequeños trabajos con delitos ocasionales por cuenta de un tal Rachid, su única “familia”. Un día se entera de que su padre ha muerto, tras haber pasado los últimos años en la calle reducido a la mendicidad. En la primera escena de la película, una especie de flashback onírico (¿soñado o contado por quién?), asistimos al accidente en el que el padre de Pier perdió una mano cuando tallaba un diamante (hecho que determinará su caída en desgracia), ante la presencia pasiva de su hermano. En el funeral, Pier conoce a sus familiares y decide vengar en ellos el trágico destino de su padre. La ocasión se la ofrece en bandeja Gabi, primo de Pier, al proponerle un trabajo en la empresa dedicada a la talla de diamantes que la familia tiene en Amberes. A partir de ahí, el espectador es consciente de que algo va a pasar, de que la vida apacible que Pier ha encontrado en casa de sus familiares ricos no es más que una falsa apariencia. Esa tensión entre el presente y lo que se anticipa crea una tensión que es el principal motor de la historia. Otro hilo argumental es el que parte del personaje de Gabi, fantasioso, emotivo, enfermo, muy distinto del hijo ideal soñado por su padre que aseguraría la continuidad de sus negocios. Y Pier va descubriendo la complejidad de esa familia (de qué modo los intereses económicos interfieren en los afectos) al mismo tiempo que el espectador. El final, que evidentemente no vamos a contar, está a la altura del resto. La tensión que viven los personajes se traslada al espectador y crea en este un suspense casi insoportable. Sorprendentemente, es la primera película de Arthur Harari. En cuanto a los actores, el mejor elogio que puede hacerse de ellos es que en ningún momento parecen actuar, la impresión de naturalidad es total. Muy recomendable.

(GZA)