29. abr., 2017

Crítica

La película “Stefan Zweig: Adiós a Europa” de la directora María Schrader es un biopic (género cinematográfico que narra o adapta biografías de personas reales) sobre los últimos seis años de la vida de este famoso escritor e intelectual austriaco, la cinta está dividida cronológicamente en actos y se inicia en 1936 cuando ya es un exiliado de la Alemania nazi y nos va mostrando en los demás actos sus distintos viajes como personaje ilustre y conferenciante, junto a su mujer, en distintas naciones sudamericanas (Argentina, Brasil) y en Estados Unidos, hasta su última ubicación en la brasileña ciudad de Petrópolis, lugar de acogida de numerosos refugiados judíos y donde a primeros de 1942 decide terminar sus días junto a su joven mujer. Personalmente esperaba más de esta película. La interpretación de todos actores es excelente, la puesta en escena y la fotografía sobresaliente, pero me ha dejado frío, no he llegado a empatizar con el personaje. Excepto en el último acto o epílogo de la película, en el que nos relata el final de los protagonistas, que me ha parecido magistralmente expuesto. En el resto, he echado en falta para que, la hora y cuarenta y seis minutos que dura la película, no se me hiciera, como se me hizo, en momentos larga, una mayor dosis de emoción que me implicara en la trama. 

JLC.

 

 

 

La mayor parte de las películas basadas en historias reales, no tienen ni concentran la imaginación de una historia inventada o novelada. 

 

Esto que acabo de decir puede ser una tontería ni es verdad en muchos casos,porque hay historias reales que no se las podría imaginar nadie por lo estrafalarias y tremendas, pero en el ámbito peliculero, mi teoría es más o menos esa.

 

Este es el caso de “Stefan Zweig”, en la que no solo la película está basada en una historia real, sino que el personaje, un escritor judío huido a América a causa de los nazis, es una persona con una vida sin sobresaltos; tan pacifista, ideólogo y calmadoque es incapaz de mostrar su ira frente a la causa que le ha desgajado de su entorno e incluso, y lo más sagrado para él, por la desintegración de Europa, firme defensor de la idea comunitaria.

 

Su vida trascurre en distintos países de América dando conferencias, participando en tertulias, asistiendo o acompañando presentaciones culturales, etc.

 

Resaltaría de la película el principio y el final. El principio por la buena ambientación que hace que te metas en la película en 2 minutos y el final por cómo está tratado y la manera en que está rodado el desenlace que, siendo previsible, está filmado con una sensibilidad especial.

 

No es una película que destaque especialmente por nada, excepto lo comentado.

  

 

JCC

 

Cuando yo empezaba mi vida de lector, todavía duraba la primera fama póstuma de Stefan Zweig. Sus libros, casi nunca en ediciones recientes, estaban en las bibliotecas públicas, y bastantes novelas suyas se encontraban en las colecciones baratas de bolsillo que había entonces; la colección Reno, por ejemplo, con sus portadas que tenían una estética como la de los carteles de cine. Veinticuatro horas en la vida de una mujer era todavía una novela muy leída, aunque no creo que se le concediera mucha importancia literaria. Pertenecía a un repertorio de literatura internacional que había sido muy popular antes de la II Guerra Mundial, y que duró quizás hasta finales de los años sesenta, agregando a la cultura española un cosmopolitismo anticuado, aunque bastante valioso, porque en aquel páramo no había mucho más. Se leía a Zweig como a Vicki Baum, a Emil Ludwig, incluso, hasta cierto punto, a Thomas Mann. En nuestro país atrasado y aislado duraban esos ejemplos de una cultura literaria centroeuropea dispersada y en gran parte destruida por el totalitarismo, y además barrida por añadidura por la modernidad de los cincuenta y los sesenta

En la educación de un lector o aspirante a escritor con vocación contemporánea Stefan Zweig dejó de existir, si es que alguna vez había tenido verdadero prestigio. El pasado está cambiando siempre: hace 30, 40 años, el mundo de Zweig era mucho más lejano que ahora, y su figura política, más desconocida aún que su estatura literaria. Nuestras ideas y nuestra visión del mundo estaban muy marcadas por las confrontaciones simplificadoras de la Guerra Fría y, antes de ella, las de los años treinta. La historia del siglo XX la veíamos sobre todo como el choque entre el capitalismo y el socialismo. La historia de la literatura era la del progreso de las vanguardias. En un marco así, un escritor como Stefan Zweig, incluso como su amigo Joseph Roth, eran tan difíciles de apreciar en términos políticos como literarios. Las narraciones de Zweig parecían demasiado lineales para tener algún valor, sin la sofisticación o la simple complicación formal que admirábamos en otros maestros indiscutibles. En cuanto a su actitud política, si alguien se enteraba de ella, era incomprensible, anacrónica, irrisoria. Zweig era un burgués liberal y europeísta, incluso un nostálgico del imperio austrohúngaro, aunque menos explícito que Joseph Roth. En su literatura, en su pensamiento, Zweig se convirtió en una figura tan de época, de otra época, como en su vestuario, sus trajes con bombachos de viajero en los transatlánticos, sus sombreros blancos de verano, la boquilla de marfil de fumador distinguido.

Quién habría dicho que la desaparición sin rastro era solo un eclipse. A mediados de los noventa yo había leído un poco por azar La piedad peligrosa, en una edición de Debate. Me asombró su fuerza narrativa y una desolación de fondo que ahora podía comprender mejor porque me había familiarizado con ella leyendo a Joseph Roth. Hacia el cambio de siglo, cuando por fin la cultura centroeu­ropea y el conocimiento del Holocausto y del Gulag entraban muy tardíamente en la vida española, Stefan Zweigregresó o se hizo de verdad presente por primera vez, con toda su envergadura, en gran parte gracias a las nuevas traducciones y a las ediciones ejemplares que empezó a publicar Jaume Vallcorba en Acantilado.

Stefan Zweig está cada vez más presente con una fuerza simbólica muy anclada en la calidad de su literatura, pero que irradia mucho más allá de ella

Cada año que pasa está más presente Stefan Zweig, con una fuerza simbólica muy anclada en la calidad de su literatura, pero que irradia más allá de ella, porque tiene que ver con la ruina de sus ideales y su destino de exilio: unos ideales que ahora se nos han vuelto mucho más cercanos; un destino al que cada vez más gente se va volviendo vulnerable.

Un sábado del largo fin de semana del Primero de Mayo, en un Madrid desierto, está llena la sala en la que se proyecta en versión original una película sobre él: Stefan Zweig: adiós a Europa, de Maria Schrader. Salimos de la sala con un nudo en la garganta y el vestíbulo está lleno de la gente que viene a ver la próxima función. Pero el valor de la película no es solo que ilustre con rigor sobre los últimos años de la vida de Zweig y nos ayude a comprender la desgracia de su desenlace y la atmósfera de fin del mundo que respiró hasta asfixiarse. Maria Schrader es una magnífica guionista y directora de cine, con una imaginación visual tan poderosa como su talento narrativo. A estas alturas, la mayor parte de las películas situadas en los años treinta y cuarenta se han vuelto tan previsibles como las de aristócratas victorianos. Inventan un pasado entre relamido y aséptico, en el que hombres y mujeres vestidos de época llevan peinados con gomina y fuman mucho y resisten a los nazis sin despeinarse y se encuentran de noche por los corredores de los grandes expresos internacionales.

 

 Muñoz Molina en Babelia