26. feb., 2018

Crítica

 

Hay muchas películas de amor, amores corrientes, al uso, ella guapa, el más. En definitiva…todo bonito. Y, hay películas de amor diferentes, de amores peculiares, amores raros y complicados, amores de gente que no es guapa y que debido a sus complejos y /o a sus carencias hace que todo sea más difícil. La “forma del agua” es de estas últimas.

 

De cualquier forma, todas las películas de amor tienen algo en común y es que aunque se parte de los mismos sentimientos, en este tipo de gente; si cabe se resalta más la bondad, la ausencia de cualquier interés más allá del amor la pureza de sentimientos. Es lo que da esta fábula.

 

En la forma del agua, se narra la relación entre una mujer “del montón”, que pasa inadvertida para todo el mundo, muda, para más inri, que trabaja como limpiadora, en un turno de noche, en unas instalaciones secretas militares americanas en plena guerra fría. 

 

Por otro lado, el ejército americano atrapa a un espécimen medio humano medio pez, medio monstruo, de todo menos atractivo y bastante agresivo y violento y es el jefe de seguridad, ávido de afecto sólo preocupado por quedar bien antes sus superiores y sin escrúpulos, el que aparece en la pantalla como “el malo” y da guerra sin parar. Ya tenemos “a la buena”, “al feo”, y “al malo”. Si quitamos “al malo”, podemos ver a “Bella y la bestia”. 

 

La protagonista, Elisa (interpretada por Sally Hawkins) encuentra en este espécimen tras un proceso de empatía, una razón por la que luchar, hacer algo positivo y distinto a su monótona y solitaria vida y por qué no, enamorarse.

 

No me puedo olvidar el papel del vecino de Elisa, Richard Jenkins, vecinoy más que eso y que cualquiera de nosotros quisiéramos tener.

 

Es curioso como Guillermo  del Toro adereza sabiamente la película para contar esta historia. Y probablemente este sea el éxito de la película, son mejores y de más calidad los ingredientes que el plato final: la película.

 

Buena película. Buena interpretación del Elisa y su vecino

 

JCC